Nancy Pelosi, la presidenta del Congreso de los Estados Unidos, recuerda que “ésta ha sido una lucha de vida o muerte por el destino de nuestra democracia. No hemos ganado todas las batallas, pero hemos ganado la guerra”. Dos meses antes de las elecciones, el filósofo Noam Chomsky afirmaba: “estamos ante la elección más crucial de la historia de la humanidad, literalmente”. ¿Dos afirmaciones exageradas? En mi opinión, no.
Donald Trump ha demostrado su desprecio a las reglas de la democracia cuando durante las noches del recuento desacreditaba sistemáticamente los resultados electorales, el voto. Hasta el punto de que tres grandes cadenas de televisión cortaron su discurso bajo la acusación de mentir. Y las redes sociales etiquetaron sus mensajes con un aviso de engaño. Ha sido el cenit de un mandato que ha puesto a prueba el sólido entramado institucional de la democracia norteamericana.
Cuatro años más de Trump, ratificado por una mayoría del electorado, hubiera representado un aval al sesgo autoritario de sus políticas. Cuando Pelosi habla de “vida o muerte” no es exagerado. El negacionismo respecto a la pandemia o el cambio climático tiene efectos directos sobre la esperanza de vida de la humanidad. Alentar actitudes racistas y xenófobas representan un ataque directo a los derechos humanos.
La derrota de Trump significa, al mismo tiempo, la derrota de la ultraderecha en el mundo, de Jail Bolsonaro, en Brasil, de Vox, de los populismos, a veces muy cercanos, que contribuyen a polarizar la sociedad. Jason Stanley, profesor de filosofía de la Universidad de Yale, declaraba a The Washington Post antes de las elecciones que «el Partido Republicano está traicionando la democracia, sólo le preocupa consolidar el poder».
El poder a cualquier precio. Incluso a costa de la democracia. Un riesgo que va mucho más allá de los Estados Unidos. Por eso era tan importante la victoria de Joe Biden y de Kamala Harris, presidente y vicepresidenta electos, a la hora de recuperar los valores democráticos. Hoy los populistas, los autoritarios, los supremacistas… son más débiles. Y esto es una gran noticia para la humanidad.
Poco más de la mitad de los electores estadounidenses han salvado las mundo de la expansión del discurso del odio, de la semilla de la confrontación. ¿Y la otra mitad, la que, a pesar de todo, ha vuelto a votar Trump? Este es el gran reto de la nueva administración demócrata, y de tla sociedad civil norteamericana, empezando por la prensa, que ha resistido durante cuatro años.
En 2016, cuando Trump ganó contra todo pronóstico, el periodismo estadounidense se preguntaba ¿qué ha pasado? ¿Por qué no conseguimos “abrir los ojos a un número suficiente de ciudadanos” para frenar a Trump? Una de las respuestas más lúcidas la dio Jay Rosen, profesor en la Universidad de Nueva York: “Nace un estilo político autoritario contra las normas de la democracia, que son las que dan al gobierno representativo y a la prensa su lugar en la vida pública. Si este principio básico se puede romper tan fácilmente, significa que la prensa puede ser marginada sin grandes consecuencias».
“La perspectiva – escribía Rosen – es que cada vez más se impondrá un combate entre el periodismo que se enfrenta a las afirmaciones falsas o ignorantes y el concepto antagónico de ‘nosotros construimos nuestra propia realidad’. Es decir, un rechazo de las evidencias empíricas y de las verdades factuales. Entramos -avisaba hace cuatro años- en una etapa avanzada de una verdadera guerra cultural”. La democracia, en palabras de la demócrata Nancy Pelosi, ha ganado esta guerra. Y lo ha conseguido con los votos, esa es su grandeza.
John Lewis, líder de los derechos civiles y congresista, escribió una carta poco antes de morir (el 17 de julio). Dirigida a los electores que cuatro meses después debían elegir presidente, afirmaba: “Aunque puede que ya no esté con vosotros, os animo a responder a la llamada más elevada de vuestro corazón y defender lo que realmente pensáis. En mi vida he hecho todo lo posible para demostrar que el camino de la paz, el camino del amor y la no violencia es el camino más excelente. Ahora es vuestro turno para hacer repicar la libertad”.
“La democracia -escribía Lewis- no es un estado. Es un acto, y cada generación tiene que hacer su parte para ayudar a construir lo que llamamos la comunidad estimada, la nación, y una sociedad mundial en paz consigo misma. Con una visión extraordinaria, las personas comunes pueden rescatar el alma de los Estados Unidos, al implicarse en lo que yo llamo buenos problemas, problemas necesarios. Votar y participar en el proceso democrático es clave. El voto es el agente de cambio no violento más poderoso que tiene en una sociedad democrática. Debéis usarlo porque no está garantizado”.
El voto, en palabras de Noam Chomsky, ha salvado “la elección más crucial de la historia de la humanidad, literalmente”.
Este artículo ha sido publicado originalmente en Diari de Tarragona

