En esta obra el pintor Pawel Kuczynski nos ilustra un joven estudiante sentado y con la cabeza fijada en un libro por una herramienta de sujeción. Estudiar para aprobar y olvidar automáticamente todo lo que has estudiado. Esta es la reflexión que el artista polaco nos muestra en esta obra. Kuczynski nos invita a cuestionarlo todo, la sociedad, los gobiernos, los medios de comunicación, la economía, el medio ambiente, y como en esta ilustración, también el sistema educativo.
Y es que, a pesar de los intentos para cambiar el modelo educativo tradicional a lo largo de la historia contemporánea, este siempre ha flotado adaptándose a los dictados del mercado. Un modelo tradicional basado en la mentalidad taylorista heredera de la división del trabajo fabril especializado, defendido por el liberalismo económico.
Niños y jóvenes sentados en hilera durante horas y horas, segmentadas por materias específicas siguiendo el ritmo de timbres estridentes que evocan las sirenas de las fábricas; paquetes curriculares temporizados con contenidos que se olvidan al poco tiempo; cuentas de resultados con valoraciones más cuantitativas que cualitativas; aunque más, en grupos de alumnos estabulados entre las cuatro paredes del aula.
De Decroly a Dewey y Deligny, pasando por Francisco Giner de los Ríos o Francisco Ferrer Guardia, hasta Freinet y Freire, sin dejarnos a Neill, Montessori, Masó, Oury, Pestalozzi, Sensat, Spivak, Nadia Krúspskaya, Villa, Wollstonecraft, entre otros, forman parte del abecedario de nombres del ámbito de la pedagogía crítica que reaccionaron ante el sistema educativo tradicional con propuestas de renovación pedagógica, donde el eje central del cambio era el respeto al niño.
Cabe decir, que algunas de estas experiencias pedagógicas del pasado han sido tomadas, retocadas y reivindicadas desde el presente por algunos gurús educativos de nuestra casa como en propuestas innovadoras de la nueva escuela del siglo XXI.
Dice el dicho que los árboles, a veces, no nos dejan ver el bosque. Pero no hay que perder de vista que los árboles nos conducen hasta el bosque.
Gayatri Spivak, maestra y filósofa india nos dice que para educar lo más importante es escuchar y conocer a los alumnos, y esto es igual en cualquier contexto. Cualquier innovación pedagógica, pues, pasa por situar al alumno/a en el centro de todo proceso de aprendizaje.
Este es el primer cambio que hay que hacer si queremos transformar la escuela, escuchar las y los jóvenes. Y escucharlos no significa sólo acompañarlos como se dice, caminar a su lado desde la presencia no invasiva como maestros, adaptándonos a sus ritmos, estimulando la curiosidad y el sentido de la observación, la creatividad, la autogestión, el espíritu crítico y el crecimiento personal. También significa incorporar sus prácticas no formales y las expresiones culturales a la educación formal.
La escuela que escucha debe ser constructiva, inclusiva, integradora, capaz de aportar soluciones a la brecha digital en esta era tecnológica 4.0; que defienda las y los jóvenes ante los mensajes de determinados medios de comunicación y de las administraciones políticas que estigmatizan la etapa de la adolescencia en su manera de socializarse.
Con la pandemia, en Catalunya han aflorado los problemas tecnológicos en las escuelas y la falta de planificación de la administración autonómica de un Estado, más preocupada en el bienestar de su estado que en el bienestar físico, mental y emocional de los jóvenes.
La escuela que escucha puede empezar por escuchar a ritmo de rap una letra elaborada por los jóvenes en varias lenguas, poner en valor la destreza de una pirueta con skateboard o contemplar la expresividad artística del arte urbano a través de un taller práctico de grafito en cubos de cartón en el patio de la escuela.
Enrique Pestalozzi, luchó toda su vida para reformar la pedagogía tradicional y llevarla hacia una educación popular. Para él, sólo existe aprendizaje si hacemos partícipes a los alumnos.
Las y los jóvenes tienen voz, ¿pero alguien los escucha?

