Tu nombre puede indicar tu religión, tu etnia y tu clase social. El simple hecho de rechazar tu nombre de nacimiento y elegir uno nuevo demuestra como fuertemente nuestros nombres transmiten varias señales, que poder queremos que representen nuestra identidad, o no. Los nombres llevan en sí un significado ya menudo demuestran nuestra pertenencia a un grupo social. También se ponen y pasan de moda. En los años 90, en un Reino Unido influenciado por la MTV de la época, el top diez de nombres encontrábamos «Ashley» y «Brittany» para las chicas, y «Josh» y «Brandon» por los chicos. En el año 2020 la primera posición para los dos sexos es «Olivia» y «Oliver», una señal que la telebasura ha sido reemplazada por la pátina de falsa clase de los muros de Instagram.
Es sabido que en el Reino Unido hay un sistema de clases robusto; nos caracterizamos por unos estrictos códigos sociales y una mala dentadura. No todos vivimos en Downtown Abbey, pero algunos han permanecido sin molestias durante casi 1000 años, probablemente la «mejor» aristocracia que el mundo haya visto. No prometemos un Sueño Americano, puedes venir aquí, pero serás clasificado dentro de un estrato social y raramente subirás. Si acumulas riquezas, bien por ti, pero el viejo sistema se encargará de mantener las puertas cerradas para ti, y te mantendrá invisible para los demás. Puede que tengas dinero, pero la manera en que usas el lenguaje y el nombre que tus padres escogieron por ti harán patente tu clase, y puedes hacer en poco para controlarlo. Los códigos lingüísticos, establecidos por las clases superiores, se utilizan para marcarnos e incluirnos o excluirnos de su club. Hay un libro genial de Kate Fox titulado «Watching the English» que elabora en detalle las miserias y mensajes ocultos del lenguaje oral británico. Somos más cercanos a los Japoneses que nuestros primos Americanos cuando se trata de tener una comunicación directa. La autora también describe cómo diferentes palabras y maneras de hablar inscriben dentro de un sistema de clases que es en realidad bastante rígido. Después de leer el libro decidí ponerlo a prueba, ya que veía que mis compañeros universitarios se dividían entre aquel que te invitaban a un «supper» y los que lo hacían a un «dinner». Los primeros habían ido a escuelas privadas y los últimos a la pública.
Dicho esto, los nombres y códigos lingüísticos orales en el Reino Unido son utilizados como barra de medida de la clase alta para incluir, excluir o ridiculizar, según les convenga. Quiero remarcar el hecho de que la aristocracia y las clases altas que los clubes de campo, son propietarios del suelo (30%), y los padres tienen un fondo de inversión de alto riesgo, son quienes toman las decisiones. Aun así, están tan alejados de nosotros y entramos en contacto con ellos tan poco a menudo, que su juicio de nuestros nombres no forma necesariamente parte de nuestra vida cotidiana. Está claro que la gente da un significado a tu nombre te llames Jack, Jeronimo o Jai, pero la gente de la calle en el Reino Unido no hace las mismas distinciones entre ellos, más allá de la etnia y la religión, y juzgando desde nuestro propio (definido por la clase social) gusto. generalmente, no tiene por qué afectar a nuestra pertenencia a la comunidad con quien vivimos puerta en puerta, ni, aún más importante, con la que nos identificamos. ¿Qué es un londinense, por ejemplo? Todo el mundo que vive allí dice «soy londinense».
Cuando vine a vivir aquí, como he explicado en anteriores columnas, desgraciadamente desconocía la política catalana. Asimismo, llegué en un momento de escalada, a principios de 2016, y a medida que pasaban los meses, las complejas cuestiones en torno a la identidad, la pertenencia y la división comenzaron a hacerse evidentes a mis ojos, banderas aparte. Al más puro estilo extranjero, todos los nombres sonaban ‘españoles’ por mí y no sabía que existía Juan y Joan y que eso marcaba una diferencia.
En ese momento mi clase preferida era la de un grupo de trabajadores sanitarios que me ayudaban a navegar por las peculiaridades de este nuevo territorio. Algunos eran independentistas hasta la médula, mientras otras eran menos propensos a hablar de política, pero todos procedían de lo que, más tarde entendí, eran los bastiones de la identidad catalana. Había las madres y padres progres de Gracia, los entusiastas de la escalada de Olot, y los independentistas con clase de Vic o Girona.
Solíamos hablar de mi vida romántica, que en aquel momento consistía principalmente de italianos y sudamericanos. No le daba ninguna importancia, ya que no me fijaba con quien no estaba teniendo citas hasta que me lo hicieron notar. Recuerdo cómo, durante una conversación con algunos de mis amigos más cercanos de aquí, se hizo broma de que no había tenido una cita «con ningún catalán todavía», con un aire de tener un conocimiento privilegiado sobre el porqué sin que yo lo pudiera confirmar. Era verdad, de repente noté este vacío y me sentí un poco extraña; ¿había sido excluida por los catalanes en el terreno de las citas y no me había dado cuenta?
Durante este primer año aquí tampoco había entendido aunque, si respondes a preguntas sobre tu procedencia diciendo «aquí», no necesariamente se te considera de aquí al fin y al cabo. Estuve hablando con un chico que se llamaba Guillermo que decía que era de Barcelona y se definía a sí mismo como catalán. Cuando fui a clase esa semana y dije que estarían orgullosos de que había tenido mi primera cita con alguien de aquí, estaban impresionados con razón, y yo debería avergonzarme con razón por ceder a recibir elogios dentro de este sistema de valores. Me preguntaron su nombre y con seguridad respondí «Guillermo», con lo que estalló una carcajada, unos hablando sobre los demás en diferentes versiones de «Lily, Guillermo no es catalán». Me desconcertó, si alguien se identifica a sí mismo como de aquí, para mí esto implica que es de Catalunya. Procedieron a elaborar una lista de nombres catalanes bonitos que podía buscar: un Pol, un Pau, un Adrià, un Joan, un buen Jorrrrrrdi Lily. La lista continuaba y me horrorizaba ver una lista de nombres concretos según los cuales, si no los tienes, serás visto por los guardianes de la identidad como una persona que en el fondo no es de aquí, aunque hayas nacido aquí.
Por muy horrible que sea este sentimiento, en general lo entendí. Podía ver la tensión, podía sentir el daño que las relaciones con el gobierno del PP de Mariano Rajoy en Madrid estaban causando en ese momento. Llegué a la conclusión que quizás alguna gente utilizaba nombres españoles para proyectar sus sospechas sobre el estado español y podía parecer que esa persona no fuera suficientemente leal en Catalunya. No es correcto ni está bien, pero podía ver la lógica defectuosa.
En julio de 2017 tuve mi primera aventura con un local, sólo fueron necesarios 18 meses en un entorno cerrado donde yo era la única opción! Tenía un nombre catalán, *Arnau, y por si necesitaba alguna prueba más, era un aficionado incondicional del Barça y un independentista que intentó a conciencia acercarme a su bando. ¡Incluso tocaba en una banda de rock catalán, se puede ser más catalán! Aquel septiembre en volver a las clases dije a los alumnos que había estado revisando su lista de nombres y había atrapado un independentista llamado Arnau. Aplausos a raudales hasta que la doctora de Vic, que siempre tenía buen ojo para los detalles, me preguntó por su apellido. «Gómez» respondí, no dándome cuenta de que acababa de delatarlo como andaluz de segunda generación. «… y donde vive su familia?» continuó, manteniendo una calma de Sherlock Holmes, «Cornellà» dije notando el peligro de pisar una nueva mina escondida. La clase explotó: «UN GÓMEZ DE CORNELLÀ NO ES CATALÁN, LILY!!!»
Como he dicho, los nombres tienen un peso, nos afectan de maneras que no siempre podemos ver, nos permiten ser incluidos y excluidos, juzgados o aceptados. En Barcelona parece que se ha convertido en algo extremadamente presente en la vida de la gente común y sus comunidades. Aquí la gente, que no los señoritos aristócratas, pueden descartar la identidad de otras personas y reclamar su inclusión como si fuera lo más natural del mundo. Tienes que demostrar una identidad de la hostia por aquí, me alivia no tener que identificarme como catalana, no aguantaría la presión.


2 comentaris
Molt interessant Lily
Em dic José Javier, vaig nèixer a Catalunya i em considero català tot i que molta gent que m’he anat trobant al llarg de la meva vida, pel fet de tenir nom castellà mai m’ha acceptat com a català. Es a dir, per tenir nom castellà ets considerat d’entrada com a castellà amb tot el que comporta en determinats cercles. Amb tot i que estic fins als mismíssims pebrots d’un cert tracte diferent (subtilment despectiu) per part d’un determinat tipus de gent quan et presentes i dius ‘em dic José Javier en comptes de Josep Javier’ s’ha d’entendre com a quelcom lògic que si tens un nom típic d’un altre lloc, país o continent és normal que la gent pensi que el teu nom dona pistes d’on vens o fins i tot, de la teva ideologia política en el cas de Catalunya. De fet, molta gent a Catalunya fa unes dècades es va haver de posar el nom del DNI en castellà (a la inversa) per no tenir problemes de tota mena per ser identificats com a catalans. Tot i que la meva situació social i vital per sort és molt diferent a la de tota aquesta gent que fins i tot va patir injustícies de tota mena, haig de dir que al final com a resum d’aquesta intervenció alguns siguem d’esquerres o dretes, catalanistes proindependentistes o no, paguem un peatge a Catalunya per tenir un nom castellà.