
Da igual por donde se acceda al passatge de Vintró, pues en sus dos ingresos el paseante observador sentirá la rareza de estar en una especie de limbo. Este transitar en tierra de nadie ocurre en muchas de las fronteras invisibles de Barcelona, pero aquí, más sobre todo cuando llegamos al carrer d’Aragó, el impacto es más notorio, como si este tramo urbano fuera una pesadilla abandonada por las autoridades, más preocupadas durante decenios en ostentar galones más vistosos y desechar aquellos poco atractivos.

Varias causas explican esa extrañeza. El carrer d’Aragó, así bautizado en 1863 a través de la propuesta de Víctor Balaguer, es quizá uno de los mayores exponentes del imperialismo del Eixample y vio determinada su morfología por la circulación del tren en un trecho notable de su recorrido. Este hecho recomendó su particular anchura de cincuenta metros para permitir el tránsito de carruajes en los laterales del centro, algo extirpado a mediados de los años cincuenta, cuando el alcalde Porcioles quiso convertirla, con incontestable éxito, en la gran autopista condal, aún hoy en día una pesadilla de polución y contaminación acústica.
El ferrocarril, como podrán imaginar, tuvo mayor incidencia en su tramo del Eixample. En un mapa municipal de 1943 se aprecia cómo las vías ocupaban su extensión de Sardenya, provenientes de la estació del Nord, hasta Villarroel, para luego proseguir por l’avinguda de Roma, con quien comparte el honor de ser una de las más feas arterias de la capital catalana, si bien en el caso de Aragó podemos achacar esta condición a su atribulada singladura, los horribles sombreros del Franquismo, con uno espectacular en su esquina con Bailén, y la desigual alineación de los edificios de la calle, para más inri con la numeración cambiada desde, aproximadamente, mediados de los años veinte.

Su trozo comprendido entre Independència y A Corunya es una nada muy curiosa, casi una perfecta síntesis de tanto desamor, aquí más marcado porque, según un planisferio de 1931, desaparecía como por arte de magia en Dos de Maig y sólo volvía a hacer acto de presencia cuando irrumpían los raíles ferroviarios.
Estos metros de Aragó están repletos de simbologías de cambio. El inmueble del 580 es de finales del siglo XIX, como si fuera una aspiración de porvenir desde su elegancia y su coronación. Al otro lado, el 578 es un cobertizo de 1908, tal como consta en una instancia de Joaquim Teixidor, transformado en una tienda de alimentación con pinta de pakistaní de toda la vida, al menos para todos aquellos crecidos durante nuestro siglo.
Entre los detalles de esta zona está la proliferación de plantillas en la pared con aquello de prohibido fijar carteles, resistencia de la memoria pasada contra la abundancia de mamotretos edilicios de la segunda mitad del Novecientos, insustanciales salvo por un hotel con balcones hopperianos con cierta estela a uno igual y legendario del Paralelo.
Por lo demás, esta alienación aragonesa puede entenderse desde la perversión de su existencia, demostrada al hallarse, como la Meridiana, si bien esta era la carretera hacia Granollers, entre dos caminos fundamentales previos a las Agregaciones del 20 de abril de 1897. Se trata, como intuirán, del carrer del Clot, en realidad la continuación de la carretera de Ribas, y el de Enamorats, ruta de Barcelona a Sant Martí a Provençals alargada en este caso a través del carrer dels Bofarull antes de ser engullido por València, justo en su ingreso al Camp de l’Arpa.
En ese punto, adonde nos moveremos las próximas semanas, los niños se divierten como locos con esa oca estatuaria de Frederic Marés, hermanada con un gallo del mismo personaje, restaurador de todas las piezas fundidas o derribadas durante la Guerra Civil, en el límite de Aragó con l’avinguda de Roma, donde también puede admirarse uno de los monumentos más desconocidos, y despreciado por silencio, de toda Barcelona: el homenaje a Goya.

No vayamos tan lejos, al menos no por ahora. Os confesaré un secreto. No pensaba hablar hoy de Aragó, pero si las circunstancias lo han querido se debe a la espera de unos documentos en el Archivo Municipal para centrarme en el Camp de l’Arpa sin dejar nada al azar. Al principio, cuando meditaba sobre las Barcelonas de este jueves, llené mi cabeza de dudas, disipadas con rapidez al poder abordar las peores intenciones del Eixample con las estructuras de los pueblos del Llano, como acaece en estas parcelas con el carrer d’A Corunya, así llamado desde julio de 1942, cuando devino independiente por vez primera, pues antes estuvo supeditado a una calle cortada en Còrsega con el torrent de Bogatell a la vista, en la actualidad Sant Quintín y antes bautizada Martí Vilanova, combatiente de Estat Català, o Andrenio Gómez Baquero, un crítico literario. Estos dos nombres ocultan su nomenclátor originario, dedicado a Catalunya, con un solo rastro contemporáneo en el homónimo pasaje situado a su vera.

Que A Corunya se llamara Catalunya o Martí Vilanova es, a priori, un sinsentido, comprensible si deducimos la hipótesis de tenderla en perjuicio del Camp de l’Arpa. De haberse cometido ese atropello se hubieran perdido muchas viviendas para generar otra vía de descenso rápida entre Xifré y Rogent. Si esto no se produjo debió ser por las dificultades del proyecto y la magia de Camp de l’Arpa, un baluarte desde siempre contra las ansías de crecimiento del Eixample, muy irregular en su uniformidad desde passeig de Sant Joan y vetado en estas posesiones por obra y gracia de varios adalides de la autenticidad de la barriada, tales como Micaela de Borràs, primero viuda de Joan de Peguera y luego de Maties Ramon de Casanova, o el indiano Xifré, cuya calle es la conclusión de la cuadrícula de Cerdà, imposibilitada por la voluntad de estos propietarios, aunque más tarde sí deshizo el entuerto mediante la prosecución de calles como Mallorca, sepulturera de la vieja Núria, Rosselló, València y hasta Provença, muerta en Dega Bahí, aún amenazada por la cretina ignorancia de los Ayuntamientos y su obsesión con el PGM de 1976, el ángel exterminador de la diversidad barcelonesa pese a ser tan positivo cuando se aprobó, algo lógico porque durante esos años cualquier reforma superaba con holgura los desastres de Josep Maria de Porcioles.
Uno de ellos nos brinda la clausura. En 1972 el carrer d’Aragó modificó su finalización en Canonge Rodó para destripar el Clot y así corregir, desde el pensamiento de los mandamases, el estorbo de callecitas como la de Marconi en pos de un beneficio inmediato para los vehículos motorizados hasta Lope de Vega, donde se metamorfosea en Guipúzcoa, no por pluralidad autonómica, sino porque el avance del Eixample por el Besós tiene un poso racista, como si estos márgenes no pudieran lucir los ropajes del centro, no en vano, Huelva suple a València, Múrcia a Provença y Concili de Trento a Consell de Cent.

