En Parenostre, el papel de Jordi Pujol es interpretado por Josep Maria Pou. El personaje de Enric Marco está encarnado por Eduard Fernández. Pou y Fernández son dos actores enormes. Ellos solos llenan la pantalla o el escenario. A menudo, las obras que protagonizan no serían tan magistrales si quienes las llevaran a cabo fueran otros actores menos versátiles. Fernández es el hombre de las mil caras. Lo mismo encarna a Francisco Paesa, el espía español que engañó a las cloacas del Estado en el caso de Luis Roldán, como a un conductor de autobús y líder vecinal en la también reciente y multipremiada El 47.
Cuando la semana pasada vi a Enric Marco “resucitado” por Fernández, me pareció que el actor “pujoleaba”, que imitaba algunos gestos más propios del expresidente de la Generalitat que de la pseudovíctima de los nazis. Seguramente fue una impresión errónea mía, porque si Fernández gesticulaba y hablaba así es porque antes debía de haber estudiado mucho las “actuaciones” de Enric Marco.
Pero también me hizo pensar que Fernández podría haber protagonizado la película de Manel Huerga y Toni Soler, y Pou la de Aitor Arregi y Jon Garaño. Al fin y al cabo, dos enormes actores encarnarían a los personajes de otros dos actores soberbios (en las dos acepciones del adjetivo). Porque, ¿qué han demostrado ser, si no, Pujol y Marco, sino dos grandes actores? Sí, claro, Pujol fue sobre todo presidente de la Generalitat y patriarca del nacionalismo catalán del último cuarto del siglo XX, el hombre que lideró durante décadas la recatalanización de Cataluña. Como también Marco fue importante a la hora de reivindicar la memoria de las víctimas de la represión nazi y franquista, además de dirigir durante algunos años la heroica Confederación Nacional del Trabajo, la anarquista CNT. Pero nada de todo eso habría sido posible sin las innegables dotes dramáticas que poseían ambos, y que es una virtud imprescindible para liderar, aunque sea una asociación de vecinos.
Sobre Marco se escribió un libro titulado El impostor. El descubrimiento del caso —o los casos— de Pujol y su familia aportó más argumentos a los más escépticos, que piensan que la política es una farsa. Impostura y farsa son sinónimos de teatro y comedia, según los diccionarios de la Real Academia Española y del Institut d’Estudis Catalans.
Hay otras dos líneas convergentes en este par de longevas vidas paralelas. Los directores de Marco lo subrayan al final de la obra (¡atención, spoiler!): el insaciable afán de protagonismo de la falsa víctima de los nazis, que, incluso después de ser desenmascarado (¡la máscara, instrumento imprescindible de las tragicomedias griegas!), proponía al historiador que descubrió la falacia que escribiera otro libro sobre él, “sobre el otro Marco”. La escena me recordó las múltiples veces que hemos podido ver a Jordi Pujol en los últimos años en actos públicos. Lejos de esconderse y retirarse para disfrutar de una vejez tranquila rodeado de sus numerosos nietos, reivindicaba con su presencia, cada vez menos discreta, el reconocimiento que él cree que la sociedad catalana le debe y que le está negando injustamente. No soporta que el legado político del patriarca quede anulado por la supuesta herencia del padre. Me lo reconoció una vez que me convocó en su despacho, en la calle Calàbria, cerca de la avenida Josep Tarradellas. ¿Cuántas veces habrá temido Pujol que Barcelona no le dedicará ninguna avenida como a Tarradellas, ni ningún paseo como a Lluís Companys, ni ninguna plaza como a Francesc Macià?
En tiempos en que nos preocupa tanto la invasión de las fake news, donde no sabemos qué es verdad y qué es mentira —“no como antes”, dirán los nostálgicos—, resulta curioso comprobar que ya hace muchísimos años que la sociedad, encabezada en buena parte por los medios de comunicación, ha entronizado (pienso también en la Zarzuela) a verdaderos reyes de la simulación.

