Este Lunes de Pascua, a las siete y media de la mañana, el Papa Francisco nos ha dejado. Llevaba más de tres meses luchando contra una neumonía bilateral que le había ido menguando la capacidad respiratoria hasta dejarlo sin el oxígeno necesario para seguir viviendo. Sin embargo, mantenía la cabeza clara, el sentido del humor bien afinado e intacta la pasión por su misión. Este último domingo, agotó su último aliento deseando una Buena Pascua a la comunidad católica del mundo, y, desde el papa móvil, bendijo a un par de niños. Sentía cerca su traspaso, y quiso despedirse de la gente. Nos ha dejado un gran hombre, el Papa de la Iglesia Católica y un referente moral para toda la humanidad.
Ha sido el Papa Juan XXIII del siglo XXI. Me explico. En 1963 nos dejaba Juan XXIII, el Papa bueno. Recuerdo —yo tenía sólo seis años— como en casa su muerte nos sumió en un profundo duelo. Mi madre, católica ferviente, lloraba: “¡Ha muerto el Papa bueno!”. En el balcón del piso de la calle Gran de Gràcia colgamos una bandera vaticana con un crespón negro. Muchos otros balcones también exhibían banderas de luto. Aquella frase, “¡Ha muerto el Papa bueno!”, me quedó grabada en el imaginario para siempre.
Con los años comprendí que aquel Papa fue quien convocó el Concilio Vaticano II, en 1962: el Concilio del Aggiornamento, que pretendía abrir la Iglesia al mundo moderno. Fue él quien rompió con el constantinismo y abrió una nueva etapa, incierta pero esperanzadora, que marcaría un punto de inflexión en la historia de la Iglesia Católica.
Tras ese impulso, su sucesor, Pablo VI —de un estilo más intelectual— continuó y culminó el Concilio, a pesar de las dificultades y la oposición de sectores eclesiales reacios al cambio. Años más tarde, en 1982, Juan Pablo II fue escogido con la misión de reconducir ese impulso renovador, enfriando muchos de los procesos abiertos: litúrgicos, doctrinales, eclesiológicos, pastorales. Durante su largo pontificado, las grandes intuiciones del Concilio parecían quedar arrinconadas, mientras las sociedades europeas se enfrentaban a un creciente proceso de secularización. Benedicto XVI, el gran Papa intelectual, consciente de los nuevos tiempos y de las tensiones internas en la Curia, inició una nueva etapa con su renuncia voluntaria. Un gesto inédito que abrió la puerta a un profundo relieve.
Y así, hace trece años, contra todo pronóstico, un cardenal argentino, jesuita, fue elegido Papa.
Recuerdo perfectamente la tarde de la fumata blanca. Me llevé una decepción. Pocas semanas antes había estado en Buenos Aires y algunos amigos míos —kirchneristas católicos— me habían hablado con pesar, acusándole de vínculos con el régimen militar y de una supuesta responsabilidad en el encarcelamiento de dos sacerdotes durante los años setenta. No fui el único que acogió su nombramiento con recelo. Incluso algunos compañeros suyos, jesuitas, mostraron su asombro.
Aquí radica la primera gran similitud con Juan XXIII: ambos fueron escogidos por mayorías conservadoras con el objetivo de mantener el statu quo eclesial. Pero ambos rompieron sus expectativas. Y mucho.
Las primeras decisiones de Francisco me sorprendieron y emocionaron: su sencillez en la vestimenta, la elección de residir en Santa Marta en lugar de los apartamentos apostólicos, su lenguaje llano, directo, que llegaba al corazón de la gente. Pero el primer gran gesto fue el viaje a Lampedusa, donde salió en defensa de los inmigrantes. Aún recuerdo sus palabras: «el gran reto de las sociedades occidentales es la globalización de la indiferencia».
Después vendría Evangelii Gaudium, y años más tarde Laudato Si’, dos encíclicas que retomaban con fuerza el espíritu del Concilio Vaticano II. Y más adelante, el Sínodo sobre la Sinodalidad, un intento valiente de repensar la gobernanza de la Iglesia y su misión en el mundo contemporáneo. Segunda similitud con Juan XXIII. El Concilio, después de treinta y cinco años de silencio, volvía a ser el centro de la reforma eclesial.
Sin embargo, hay un tercer elemento que les une: su bondad y cercanía con el pueblo, fuera creyente o no. Francisco ha sido, como Juan XXIII, un Papa bueno. Más pastor que doctrinario, más cercano a la realidad humana que a las complejidades dogmáticas. Más sensible al dolor ya las esperanzas del mundo que a las intrincadas estrategias de poder que a menudo rodean a Curia. Un Papa que amaba, sencillamente, a las personas. En estos trece años de su pontificado no sólo he descubierto a un gran Papa, sino también a una gran persona. Un referente para la humanidad.
Como también ocurrió con Juan XXIII, Francisco deja abiertas líneas programáticas fundamentales que no serán fáciles de continuar. Los últimos nombramientos en el Colegio Cardenalicio hacen pensar que el próximo Papa podría seguir su línea reformadora.
En la Barcelona del año 2025 dudo que aparezcan alguna bandera vaticana en los balcones de las calles. Hemos vivido sesenta años de secularización acelerada. Sea como fuere, la obra magnífica de Francisco y su testimonio perdurarán para siempre.

