Hoy en día es casi imposible darse una vuelta por una ciudad convertida en destino turístico –¿acaso existen ciudades no turísticas?– sin toparse con una despedida de soltero o soltera. Estos rituales se han convertido en auténticos nichos de negocio para el turismo. Aunque vinculados, en gran cantidad de ocasiones, a una forma de turismo popular, de bajo gasto y alto coste social y medioambiental, la realidad es que en la actualidad forman parte insoslayable de nuestros paisajes urbanos. No obstante, pocos se han centrado en analizar este fenómeno desde una perspectiva socio-antropológica. Aspectos clave como el comportamiento colectivo de estos grupos o las forma en que desarrollan sus actividades o van vestidos tiene una explicación lógica y racional, íntimamente ligada con el momento vital de sus protagonistas y el contexto espacial donde se realizan.
Cada momento de cambio en la estructura social de una persona ha necesitado, tradicionalmente, un ritual o ceremonial público que verifique el paso de un estatus a otro que éste significa. La Iglesia Católica ha copado estos durante años: el bautismo, la comunión o las misas de difuntos son ejemplo, ya que determinan la bienvenida a la comunidad de creyentes, la entrada en la pubertad o el paso a la otra vida. Desde las ciencias sociales, estos singulares momentos, denominados liminares, se consideran de alto riesgo por cuanto los individuos que los atraviesan no se encuentran, establemente, ni en un ni en otro momento: son sujetos sin clasificación social. Fueron Durkheim y Mauss, principalmente en su obra Sobre algunas formas primitivas de clasificación (1903), los que nos enseñaron que los seres humanos necesitamos establecer sistemas que nos permitan organizar el mundo en el que vivimos para poder gestionar la información, los inputs sensoriales, que éste nos genera. De este modo, lo que este sociólogo y antropólogo señalaron es que nuestras clasificaciones sociales, además de ser ineludibles, varían según el universo simbólico en el que viven. Las denominadas sociedades primitivas, en contacto directo y dependiente con la naturaleza, elaboran complejos sistemas clasificatorios basados en sus referentes naturales. De ahí la aparición de tótems que identifican pueblos y comunidades o el vestido tradicional de algunos jefes tribales tocados con plumas de aves de presa. La situación en la pirámide alimenticia de estos animales, la cúspide, se repite en la estructura social de su pueblo. En una despedida de soltero o soltera este mecanismo se muestra, en muchas ocasiones, disfrazando a los futuros contrayentes con elementos distintivos que los diferencian del resto de participantes y, a la vez, los sitúan en una perspectiva cómica, pero siempre con referentes culturales propios. Los disfraces de bailarinas, sirenas, toreros, futbolistas, etc., indican, a la vez, que se trata de alguien distinto y en tránsito social, siendo precisamente ese elemento diferencial el que lo sitúa y determina simbólicamente. Se trata, por tanto, de un monstruo, un monstruo social.
Los monstruos clásicos, los fantasmas y apariciones, el monstruo de Frankenstein o el Conde Drácula, tan típicos de las obras literarias del romanticismo decimonónico o las películas de ciencia ficción, no son otra cosa que elementos simbólicos que, lejos de ser desplazados de la sociedad en la que viven, se integran a través del realce de sus elementos más grotescos. Su monstruosidad los hace formar parte a la vez que los distingue. Pasa lo mismo con las casas encantadas. Siempre se trata de espacios abandonados, edificios donde ha ocurrido algún accidente o donde tuvo lugar un hecho lamentable. Situando en él un fantasma, los hacemos partícipe de nuestro universo simbólico; son integrados.
Lo curioso de las despedidas de soltero o soltera es que, lejos de ser elementos anecdóticos, es decir, infrecuentes y poco significativos, han devenido, como se ha señalado en párrafos anteriores, elementos conformantes de la realidad turística de muchos territorios. Estos monstruos sociales son, simplemente, consumidores del espacio y eslabones de la cadena productiva turística. No solo hemos integrado su imposibilidad social sino que hemos sacado partido de ella. En definitiva, han pasado a ser clasificados, pero también mercantilizados. Como todos los monstruos.

