Junto con la idea de país, de democracia y de hegemonía cultural, la ética se ha convertido hoy en otro de los grandes campos en disputa para construir hegemonías electorales al servicio de las élites económicas. No se trata de una discusión abstracta ni académica, sino de una batalla política de primer orden. Lo que está en juego es una determinada concepción de la sociedad y, con ella, una agenda de concentración de la riqueza, debilitamiento de lo común y erosión de los servicios públicos.
Los instrumentos principales de esta ofensiva son los partidos de derecha y de ultraderecha, aunque no solo ellos. También algunos sectores liberales han actuado como altavoces eficaces de un marco ideológico que, bajo una apariencia de sentido común, reproduce el dogma neoliberal. Ese dogma se articula sobre unos principios muy concretos: la exaltación del individuo por encima de la comunidad, la desregulación como supuesto horizonte de libertad y la reducción de toda relación social a su traducción monetaria. Se trata, en el fondo, de poner el dinero en el centro y reorganizar a su alrededor el resto de valores.
Para ello, el neoliberalismo no se limita a proponer políticas económicas. Aspira a algo mucho más ambicioso: resignificar los elementos centrales de la tradición ilustrada para adaptarlos a una lógica funcional a un modelo muy concreto de sociedad. Una sociedad en la que las autoridades, cívicas e institucionales, se han ido disolviendo; una sociedad donde la apelación constante a la autenticidad personal acaba convirtiéndose en una coartada para desactivar cualquier norma común; una sociedad, en definitiva, en la que, al existir tantas maneras de vivir como personas existen, se abre paso la idea de que también puede haber una ética a medida de cada uno, una especie de “autoética” sin obligaciones colectivas ni horizonte compartido.
Ese es uno de los grandes éxitos del neoliberalismo: haber presentado como emancipación lo que en realidad es descomposición de lo común. Porque cuando toda referencia colectiva se debilita y cada cual queda entregado a su propia escala de valores, lo que desaparece no es el poder, sino la posibilidad de limitarlo democráticamente. Y ahí es donde las élites económicas encuentran su terreno ideal: una sociedad fragmentada, sin vínculos fuertes, sin deberes recíprocos, sin una noción exigente de bien común.
Existe, por tanto, una lucha por el significado de los valores ilustrados para ponerlos al servicio de ese proyecto neoliberal. La igualdad, por ejemplo, deja de entenderse como un principio de equilibrio, justicia material y corrección de las desigualdades para convertirse en una idea uniformizadora. Se invoca una falsa igualdad que, en realidad, equivale a negar la proporcionalidad. Esto se ve con claridad en el debate fiscal. Cuando se reclama que “todo el mundo pague igual”, no se está defendiendo la igualdad, sino exactamente lo contrario: un modelo en el que el esfuerzo contributivo deja de ajustarse a la capacidad real de cada cual y en el que, por tanto, se protege a quienes más tienen a costa de las mayorías. Igualar en ese sentido no significa tratar justamente, sino consolidar la desigualdad.
Lo mismo ocurre con la libertad. La ofensiva neoliberal ha logrado extender la idea de que ser libre consiste, simplemente, en poder hacer lo que a uno le parezca. Pero esa definición es profundamente insuficiente y, en última instancia, tramposa. No existe libertad real sin condiciones materiales para ejercerla. No es libre quien carece de acceso a una vivienda digna, a una educación de calidad, a una sanidad pública robusta o a un trabajo con derechos. No es libre quien vive permanentemente sometido a la incertidumbre, al miedo al futuro o a la dependencia económica. La libertad de las mayorías solo puede existir allí donde hay redistribución, servicios públicos y reglas comunes orientadas a garantizar una vida digna.
Tampoco hay fraternidad sin una noción del otro. Y precisamente esa noción del otro es lo que el neoliberalismo erosiona de forma sistemática. La comunidad deja de entenderse como un espacio de solidaridad y corresponsabilidad para convertirse en un simple agregado de trayectorias individuales. Cada uno a lo suyo. Cada uno salvándose como pueda. Cada uno gestionando privadamente su malestar. Ese viaje, que va del “nosotros” al “que cada palo aguante su vela”, no es anecdótico, es la condición necesaria para que aumente la concentración de la riqueza en pocas manos y se normalice la precariedad para el resto.
Todo esto no sucede de forma brusca ni mediante grandes proclamas doctrinales. Se produce en una dinámica de lluvia fina. Desde la producción audiovisual hasta el discurso político, pasando por tertulias, redes sociales, publicidad y múltiples formatos de consumo cultural, se va sedimentando una determinada forma de entender el mundo. Se modifica así el sentido común hasta el punto de que muchas ideas profundamente antisociales terminan apareciendo como expresiones de autenticidad, sentido práctico o incluso rebeldía. Lo más inquietante es que ese marco acaba insertándose en la propia identidad de muchas personas, que pasan a defender como propios valores que objetivamente benefician a quienes están por encima de ellas.
Esa manera de pensar tiene también su traducción en la manera de estar. Toda visión del mundo se expresa de algún modo en el comportamiento en el espacio público. Si no hay una noción del otro, si el individuo autosuficiente y la ausencia de normas pasan a ser el eje sobre el que se organiza la idea de sociedad, entonces proliferan actitudes incívicas que dejan de percibirse como problemáticas. Tirar basura en la calle, no respetar las normas de circulación, invadir el descanso de los vecinos, deteriorar el entorno común o actuar como si el espacio público fuese una extensión del capricho privado son expresiones concretas de esa lógica.
Por eso el orden democrático y la convivencia en el espacio público son cuestiones centrales, también desde una perspectiva progresista. Defender normas compartidas, civismo y respeto por lo común no es una cesión reaccionaria, sino una condición de posibilidad para la vida colectiva. De hecho, cuando ese terreno se abandona, quien lo capitaliza suele ser la ultraderecha. No porque tenga mejores respuestas, sino porque explota políticamente el malestar generado por la degradación de lo común. La ausencia de empatía, el rechazo de los deberes cívicos y la adhesión a visiones autoritarias del mundo aparecen con frecuencia íntimamente relacionados. Hay aquí algo parecido a una teoría de las ventanas rotas en versión ética: permitir o normalizar pequeños actos de incivismo acaba favoreciendo cosmovisiones profundamente individualistas que alimentan la lógica neoliberal y facilitan, después, la traducción electoral de ese malestar en clave reaccionaria.
Esto puede verse con claridad en debates aparentemente cotidianos, como los residuos o las zonas de bajas emisiones. En ocasiones, determinadas resistencias se presentan como simples reivindicaciones frente a una tasa o a una cierta restricción pero, en el fondo, lo que a menudo expresan es otra cosa: la defensa de una libertad neoliberal entendida como derecho a hacer lo que uno quiera sin asumir plenamente los efectos colectivos de sus actos. Es decir, una libertad desvinculada de la responsabilidad y ajena a cualquier idea de reciprocidad social.
Hemos llegado a un punto en el que muchos han interiorizado tanto esta lógica que pueden llegar a pensar que la ética de los ricos es también la suya propia. Ese es el gran triunfo del neoliberalismo: lograr que quienes dependen más intensamente de lo público desconfíen de lo público; que quienes más necesitan protección colectiva adopten el lenguaje de la autosuficiencia; que quienes pierden con la concentración de la riqueza asuman como naturales las reglas que la hacen posible. Y así se cierra el círculo. La menor capacidad para disponer de recursos públicos suficientes debilita los servicios comunes; ese debilitamiento reduce su utilidad percibida; esa percepción erosiona la disposición a contribuir; y todo ello abona un terreno moral cada vez más favorable a la crueldad, el egoísmo y la competencia entre iguales.
Mientras tanto, los ricos son cada vez más ricos, los pobres más pobres y la paz social, cuando se rompe, no suele hacerlo por arriba, sino en forma de conflictos entre personas de la misma extracción social, azuzadas por la angustia, la precariedad y la sensación de abandono. Esa es la verdadera ética que hoy se disputa: la que decide si seguiremos avanzando hacia una sociedad de individuos aislados, resentidos y enfrentados entre sí, o sí seremos capaces de reconstruir un horizonte compartido basado en la redistribución, los servicios públicos, la reciprocidad y una idea fuerte de comunidad democrática.

