Cuando tocas el bolsillo de cualquiera, incluidos los norteamericanos, las cosas se ponen serias. El martes 3 de noviembre los norteamericanos dijeron basta. Después de dos años de una inflación rampante, con precios desorbitados en el combustible y en la cesta de la compra, en que la docena de huevos llegó a los 12 dólares (1 dólar el huevo) y se consideraba casi un bien de lujo, los estadounidenses han dicho basta.
El presidente Trump y todo el movimiento MAGA sufrieron un fuerte revés en las elecciones de mitad de mandato, al perder senadores y gobernadores de estados considerados feudos republicanos como Texas, Iowa o Kansas. La mayoría de analistas coincide en que es más un castigo a Trump que una victoria demócrata. Pero dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo. Los republicanos tenían un contexto difícil: el electorado tiende a castigar al partido que gobierna, especialmente si la economía no es favorable. Sin embargo, no se puede desmerecer el hito que han conseguido los demócratas: han pintado de azul estados rojos magenta, estados donde los distritos estaban trazados expresamente para dividir y minimizar el voto demócrata (lo que se conoce como gerrymandering) y donde, hace solo dos años, Trump había arrasado.
La mayoría de analistas coincide en que es más un castigo a Trump que una victoria demócrata. Pero dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo
Los demócratas han conseguido entusiasmar al electorado. Ha habido una participación altísima: tanto de sus bases como de las que no lo son, porque, con los números en la mano, parece que tienen muchos votos prestados de republicanos cansados que han decidido dar una oportunidad al candidato o candidata progresista.
Al mismo tiempo, los republicanos habían presentado a candidatos flojos (la mayoría, elegidos por Trump), algunos envueltos en acusaciones de corrupción, como en el caso de Ken Paxton en Texas, o que traspasaban todas las líneas del mínimo respeto, como el equipo de Mike Rogers en Míchigan, que llegó a acusar a El-Sayed de yihadista peligroso solo por el hecho de ser musulmán e hijo de inmigrantes egipcios. Trump llegó a decir que, si llegaba a senador, tendría que pasar por un detector de metales cada vez que entrara en el edificio del Congreso, en Washington D. C.
Mientras tanto, los demócratas vieron cómo una nueva hornada de millennials tomaba las riendas: Jon Ossoff, de 39 años; James Talarico, de 37, y Abdul El-Sayed, de 42, continúan una saga que ya habían comenzado Alexandria Ocasio-Cortez y el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani. E hicieron los deberes: la campaña demócrata se ha movido principalmente en el eje económico. Incluso a la hora de condenar la guerra en Irán o el apoyo a Netanyahu, los argumentos eran principalmente económicos, más que morales.
Unos candidatos, además, muy conectados con los jóvenes, con buenos perfiles en las redes sociales, con vídeos cortos y con toques de humor. Hemos podido ver a Abdul El-Sayed bailando reguetón mientras pedía el voto o apareciendo con sus abuelos en anuncios electorales (ambos ancianos blancos presbiterianos); o a Talarico hablando español para dirigirse a los hispanos de Texas, un tercio de su población, o comiendo una barbacoa tejana para contrarrestar las acusaciones republicanas de que era vegano, un tema grave en un estado que es el primer productor de carne de res y donde esta es una de las principales industrias.
Los demócratas apostaron por mensajes claros y efectivos: «La minoría más peligrosa en EE. UU. ahora mismo son los billonarios», había dicho Talarico. «Menos dinero para los políticos, más para los bolsillos de los estadounidenses y sanidad universal para todos» era el lema de El-Sayed. Evidentemente, después cada cual ha tenido su estilo. Mientras que Abdul El-Sayed sí ha pedido la abolición del ICE, Talarico, que sabía que se jugaba mucho en un estado fronterizo, optó por ser más suave y decir que abolición no, pero reforma sí.
Ahora hará falta ver si los demócratas aprovechan la oportunidad que los estadounidenses les han dado. Será interesante ver las primarias para escoger candidato a la presidencia del país. Candidatos y perfiles buenos y potentes no faltan.
Al final de la noche no pude evitar pensar en la escena final de The Comey Rule, una serie de ficción que narra el caso real de James Comey, el exdirector del FBI despedido por Donald Trump por negarse a cesar la investigación que pesaba contra el presidente.
Al final del último capítulo, un joven del equipo de Comey recoge las pertenencias del despacho cuando un miembro de MAGA entra para burlarse de él. El joven, con orgullo, le dice: «Quizá habéis conseguido llegar al poder, pero os marcharéis, igual que nos marchamos nosotros ahora, porque los partidos van y vienen, pero las instituciones que sostienen esta democracia prevalecerán».
