La exposición El asalto de la ilusión, en el Santa Mònica de Barcelona, explora de una forma muy atractiva cómo el arte ha fabricado durante siglos nuestra idea de realidad. Una exposición sobre espejos, engaños y poder que, en plena era del realismo fake de la Inteligencia Artificial, reivindica también la magia de no saberlo todo.
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Hay muchas maneras de huir del calor del verano. Una que recomiendo mucho es refugiarse en alguno de los muchos buenos museos, centros de arte o galerías que tenemos abiertos; y no es solo una cuestión de mejorar de forma gratuita la temperatura de nuestros cuerpos. Afuera, el asfalto quema, las terrazas hierven y la Rambla en obras parece una cinta transportadora de cuerpos, entre vallas de metal, aceras destrozadas, gente mirando pantallas y, malgre tout, haciendo fotos. Adentro, y como mínimo durante la duración de la visita, el tiempo puede circular de otro modo, diferente.
Entro al Santa Mònica siguiendo la poca sombra que ofrece el final de la calle Montserrat. Busco refugio, un poco de sombra a buena temperatura, un poco de silencio y, ¿por qué no?, un poco de misterio. Tengo que confesar que El asalto de la ilusión no ofrece exactamente descanso, puesto que, más bien, propone una gran desorientación donde para entrar hay que atravesar un telón rojo del teatro del arte.
El engaño del arte
Antes de pasar al otro lado, pensé en la idea del engaño que es el arte. En el fondo cualquier exposición, como cualquier película, libro, obra de teatro o historia que nos explicamos, empieza con este pacto secreto: sé que me engañarás, pero quiero ver cómo lo haces.
Afuera queda la Rambla, uno de los grandes teatros de la hipervisibilidad contemporánea del turismo. Miles de personas fotografían aquello que apenas tienen dos segundos de mirar. Adentro es otro mundo. O quizás es el mismo, pero con las costuras algo más visibles.
El arte del engaño
Comisariada por Enric Puig Punyet, El asalto de la ilusión parte de una idea tan sencilla como potente: el arte no se ha limitado a representar la realidad. También ha contribuido —y mucho— a fabricarla. La pintura, la fotografía, el cine, la televisión y, ahora, los algoritmos y la inteligencia artificial no son ventanas transparentes abiertas al mundo. Son siempre dispositivos que seleccionan, encuadran, esconden, muestran y jerarquizan. Cada tecnología de representación produce siempre su propio efecto de realidad.
La exposición no empieza, sin embargo, con una lección teórica sobre la posverdad. Primero nos seduce. Espejos, velos, paredes móviles y arquitecturas imposibles alteran nuestra percepción del espacio. El cuerpo avanza antes de que el pensamiento. Uno se acerca, retrocede, duda, vuelve a mirar, remira.
A.A. Murakami fabrica nubes dentro de burbujas. Una máquina construye una aparición delicada, casi mágica: tecnología sofisticada convertida en milagro fugaz. Anish Kapoor, con Void Pavilion, presenta un enorme cuadrado negro que parece no tener fondo dentro de una habitación toda blanca. No sé si miro una superficie, un agujero o una entrada hacia algún lugar donde la mirada ya no sabe continuar. Durante unos segundos me dejo seducir y miro. Me acerco. Me dejo engañar. Pienso que aquí empieza el arte justo en este instante anterior a la explicación racional.

La magia de no saber
Vivimos en una época que parece querer mostrarlo todo. Los dispositivos cuentan los pasos, miden el sueño y registran los latidos. Las plataformas anticipan qué querremos ver. Los algoritmos clasifican y definen nuestros gustos, nuestros miedos, los deseos y nuestros votos. La vida entera parece destinada a convertirse en información.
Incluso la intimidad tiene que ser comunicada. Si una cosa no se fotografía, no se comparte y no genera alguna forma de rendimiento, parece que no haya sucedido.
Ante este tipo (manufacturado) de híper transparencia obligatoria, El asalto de la ilusión me hace volver a pensar en el valor del misterio. En la vida y el arte como sueño, magia o proceso inconsciente. En la posibilidad de que no saber no sea siempre una carencia, sino también una forma de apertura.
Misterio no es lo mismo que engaño. El misterio abre una pregunta; el engaño intenta cerrarla sin que nos demos cuenta. El misterio admite que no lo sabemos todo. El engaño quiere decidir por nosotros qué tenemos que considerar verdadero.
Quizás necesitamos conservar este derecho a no entender inmediatamente una imagen. A quedarnos un rato pensando. A permitir que algo nos afecte antes de transformarlo en una opinión rápida, una fotografía, un post, un reel o una publicación.

Las imágenes que nos ocupan
Las imágenes no trabajan solo con argumentos. Actúan sobre el cuerpo, la memoria y el deseo. Antes de que podamos decidir si una imagen es o no falsa, ya nos ha provocado algo: confianza, miedo, fascinación, ternura, asco o rechazo. Hay imágenes que no nos convencen, nos ocupan. Se instalan en una zona del cerebro y del corazón que parece anterior al pensamiento y, desde allá, empiezan a decidir qué deseamos, qué tememos y qué consideramos posible.
Lo sabemos. Mucho antes de las redes supuestamente sociales, sabemos que la publicidad fabrica deseo. Que las redes seleccionan aquello que vemos; que las fotografías y los videos pueden ser manipulados y las voces, clonadas. Lo sabemos y, aun así, continuamos mirando.
La serie Mama, de Aneta Grzeszykowska, utiliza el realismo fotográfico para construir una ficción familiar inquietante. De una forma que me sorprende, la fotografía continúa activando en nosotros una confianza documental, aunque ya conozcamos la fragilidad de esta promesa. Vemos una fotografía y algo dentro nuestro insiste en que esto pasó. Pero una imagen no necesita ser cierta para producir consecuencias reales.

El artista es el mago
El artista comparte con el mago una capacidad fundamental y especialmente importante en nuestro tiempo, es capaz de administrar nuestra atención. Decide qué veremos, dónde y cuándo lo veremos y qué parte del mecanismo quedará oculta por siempre jamás. No crea de la nada; manipula materiales, convenciones y expectativas. Pero el mago es también una figura política. Su poder no reside solo en aquello que muestra, sino en su capacidad para decidir dónde miraremos.
Hoy los magos más poderosos del planeta quizás ya no trabajan en los estudios de los artistas. Escriben prompts, diseñan algoritmos, interfaces, ordenan buscadores y administran plataformas de IA. No necesitan hacer desaparecer un objeto. tienen bastante con decidir qué parte del mundo llegará hasta nuestros ojos y qué quedará fuera de campo. Esto se parece mucho al poder de verdad.
En Automatique WAR, el creador Alain Josseau construye un falso informativo bélico mediante imágenes generadas por IA y discursos artificiales. Su credibilidad no depende de la verdad de los hechos, sino de la reproducción precisa de los códigos televisivos que hemos aprendido a identificar como fiables: el grafismo, el mapa, la presentadora, la voz y entonación solemnes, la urgencia informativa. La mentira parece verdad porque conoce perfectamente su gramática y su ortografía.


Canto XVIII: fabricación de armas, de Antonio Gagliano y Verónica Lahitte, amplía esta reflexión hacia la historia militar de la ilusión. Camuflaje, alucinación visual, propaganda, simulación y control de poblaciones. La historia de las imágenes también es una historia de la guerra.
La IA no ha inventado el engaño

Sería demasiado fácil culpar a la inteligencia artificial. Los deepfakes de IA no han inventado el engaño; solo han acelerado exponencialmente la producción y reproducción, han reformado radicalmente su exhibición, han reducido el coste y han empezado a borrar todas las costuras.
La genealogía es mucho más antigua. La perspectiva ordenó el mundo desde un punto de vista dominante. La cartografía convirtió territorios habitados en superficies disponibles para la ocupación violenta. La pintura monumentalizó reyes, imperios y conquistas que eran execrables. La fotografía colonial transformó personas en tipos raciales. El cine fabricó falsas memorias compartidas. La publicidad convirtió el deseo sincero en mercancía. La radio provocó genocidios y la televisión produjo una gramática de la autoridad.
La representación nunca ha sido neutral. Durante siglos, unos han dispuesto de la cámara, el mapa, el archivo y el museo; otros han aparecido clasificados, exotizados, silenciados o borrados. El engaño del arte no consiste solo en hacernos ver aquello que no existe. También puede consistir en impedirnos ver todo aquello que sí que estaba.
La paradoja del espejo
La gran fuerza de El asalto de la ilusión es también su atractiva contradicción. Para denunciar la seducción, necesita seducirnos. Para demostrar que toda imagen es una construcción, levanta una escenografía espectacular. Para cuestionar los efectos de fascinación, nos produce fascinación.
Algunas obras que denuncian el poder hipnótico de las imágenes son extraordinariamente fotogénicas. El dispositivo crítico puede acabar convertido en una nueva fotografía para Instagram. La máquina es muy astuta y sabe alimentarse incluso de las denuncias contra ella.
Pero esta contradicción no anula la exposición. Es precisamente el lugar donde la expo del Santa Mònica se vuelve más interesante. El arte no puede situarse completamente fuera de la máquina porque forma parte de su historia. Es la máquina. Puede, en cambio, entrar, alterar el funcionamiento y dejar algunas de sus costuras a la vista. El artista se convierte así en mago y exorcista. Fabrica la aparición y, a la vez, nos permite sospechar del milagro.
El verdadero teatro
Salgo del Santa Mònica y vuelvo a la Rambla en obras. Todo es visible y casi nada acaba de ser transparente. La hipervisibilidad no ha eliminado la ocultación; la ha perfeccionado. La mejor manera de esconder una cosa quizás ya no es prohibir la imagen, sino sepultarla bajo miles de imágenes más.
El asalto de la ilusión no nos pide que dejemos de creer en las imágenes. Nos propone una cosa más potente. Nos pide aprender a observar las manos que las fabrican. Entender quién decide qué vemos, desde dónde lo vemos y qué queda fuera del marco.
El arte no tiene que destruir la ilusión, porque sin ilusión tampoco hay deseo, sueño ni imaginación política. Su responsabilidad es impedir que el engaño se haga pasar por naturaleza. Preservar el misterio y, a la vez, revelar el poder. Hacer magia, pero dejar alguna costura a la vista.
Fuera del museo, el calor y las pantallas continúan gritando, las cámaras continúan grabando y los algoritmos continúan imaginando quién soy, quién seré. Pienso en el telón rojo de la entrada y quizás no lo he dejado atrás y este mundo exterior es el verdadero teatro. Y nosotros, tan convencidos de mirar, todavía no sabemos —o no queremos saber del todo— quién dirige la función.

