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vivienda

La pobreza empieza después de pagar el alquiler
Durante años hemos preguntado cuánto gana una persona para saber cómo vive. Quizá nos faltaba una pregunta más sencilla: ¿cuánto le queda después de pagar por tener un lugar donde vivir? Un nuevo estudio pone cifras a esta pobreza oculta y obliga a mirar la vivienda no solo como un problema de precios, sino como una cuestión de seguridad, autonomía, tiempo y futuro.

Pere Ortin23 de septiembre de 2026 - 05:30
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Panorama de Barcelona. Foto de Ramón Llorensi (CC BY 2.0)

Hay personas que se levantan por la mañana sin ser pobres y se van a dormir siéndolo. Entre una cosa y otra no han perdido el trabajo, no les han bajado el sueldo, no han sufrido ninguna emergencia familiar ni ha ocurrido ninguna catástrofe económica. Simplemente han pagado el alquiler.

La frase puede parecer una provocación periodística, pero no lo es. Un estudio publicado este septiembre por la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea) permite convertirla en una pregunta concreta: ¿qué ocurre si dejamos de medir la pobreza únicamente por el dinero que entra en casa y miramos también el que necesariamente sale para poder seguir viviendo en ella? Ocurre que aparecen casi dos millones de personas.

El estudio El Coste de la Vivienda y la Pobreza Oculta en España: 2014-2025, de los economistas José Ignacio Conde-Ruiz y Álvaro Pinto, analiza los microdatos de la Encuesta de Condiciones de Vida incorporando el coste de la vivienda. El punto de partida contiene una paradoja. Durante la última década han mejorado en España varios indicadores monetarios de bienestar y se ha reducido la tasa de pobreza, pero al mismo tiempo ha crecido la población que vive de alquiler a precio de mercado: del 12,1% en 2014 al 17,4% en 2025. [1]

El estudio El Coste de la Vivienda y la Pobreza Oculta en España: 2014-2025, de los economistas José Ignacio Conde-Ruiz y Álvaro Pinto, analiza los microdatos de la Encuesta de Condiciones de Vida incorporando el coste de la vivienda

El estudio no dice, por tanto, que la pobreza haya aumentado durante este periodo. Lo que modifica es otra cosa: a quién vemos cuando decimos pobre. En 2025, la tasa convencional de riesgo de pobreza se situaba en España en el 19,5%. Cuando los investigadores descuentan de la renta los costes de acceso a la vivienda, aumenta hasta el 23,5%. En esa diferencia aparecen 1,95 millones de personas que no son clasificadas como pobres antes de pagar la vivienda, pero sí después de hacerlo. Los autores las denominan «pobres ocultos». [1]

Casi dos millones de personas ocultas no necesariamente para la sociedad, sino por la manera en que la medimos. Y esto es quizá lo más interesante del estudio. Las estadísticas no mienten, pero tampoco lo explican todo. Dependen de qué decidamos contar y de qué variables situemos en el centro. El INE nos dice, por ejemplo, que la tasa AROPE bajó ligeramente en España en 2025, del 25,8% al 25,7%, y que el ingreso medio por persona aumentó un 5,5%, hasta los 15.620 euros anuales. [2]

Todo eso puede ser cierto. Y también lo es que después de la nómina llega la vida: el alquiler, la electricidad, el agua, la comida, el transporte, los hijos. Llega esa lavadora que decide morir en el peor mes posible, las gafas del niño que se han roto o el dentista que tendrá que volver a esperar. Cincuenta euros imprevistos que para un hogar son una molestia y para otro pueden desmontar por completo el presupuesto mensual.

Es en esa distancia entre la macroeconomía y la nevera donde aparece otra manera de pensar la desigualdad. Imaginemos a dos personas que cobran exactamente lo mismo. Una vive en un piso de propiedad que ya ha terminado de pagar; la otra paga cada mes un alquiler de mercado. Si solo miramos los ingresos, podemos situarlas en el mismo lugar de la escala social, pero no viven en la misma economía. Una tiene una casa. La otra tiene que volver a comprar cada treinta días el derecho a seguir teniéndola.

Esa diferencia es patrimonio, pero también estabilidad, capacidad de ahorro y posibilidad de asumir riesgos. El mismo estudio calcula que, cuando se incorpora la ventaja residencial de disponer de una vivienda sin pagar un alquiler equivalente de mercado, unos 3,38 millones de personas que aparecen como pobres según la renta monetaria dejan de situarse bajo el umbral. El efecto se concentra especialmente entre propietarios de mayor edad sin hipoteca. [1] No significa que tengan más dinero en la cuenta corriente, sino algo más elemental: necesitan menos dinero para garantizar una condición básica de su existencia.

Quizá durante demasiado tiempo hemos explicado la desigualdad mirando sobre todo la nómina y demasiado poco las llaves: quién tiene una casa, quién todavía la está pagando, quién la ha heredado, quién depende completamente del mercado. Quién puede marcharse y quién puede quedarse.

Cuando pagar deja de ser posible

Hay un punto en el que esta discusión deja de ser estadística. Durante el primer semestre de 2025 se practicaron en Cataluña 3.979 lanzamientos judiciales. En 2.995 casos procedían de procedimientos derivados de la Ley de Arrendamientos Urbanos. [4][5]

Conviene ser precisos. Un lanzamiento es una categoría judicial y las estadísticas no explican la biografía que hay detrás de cada procedimiento. No podemos convertir automáticamente 3.979 lanzamientos en 3.979 historias idénticas de familias vulnerables. Pero la precisión tampoco hace desaparecer la cifra: 3.979 lanzamientos judiciales en seis meses.

Entre dedicar demasiada renta al alquiler y perder la vivienda hay muchas situaciones y no existe una secuencia única. Pueden desaparecer los ahorros, pueden empezar a aplazarse gastos, puede llegar un retraso, una deuda, una demanda y, en algunos casos, un lanzamiento. El coste de la vivienda no afecta únicamente al nivel de vida: puede acabar afectando a la posibilidad misma de conservar el lugar donde esa vida transcurre.

El Raval se mueve

En el Raval de Barcelona esta discusión adquiere otra textura. No porque el barrio pueda reducirse a una metáfora de la crisis de la vivienda. Precisamente al contrario: es demasiado diverso y complejo para convertirlo, una vez más, en el decorado de una historia escrita antes de llegar allí.

Durante 2025 se registraron 89.079 cambios de domicilio dentro de Barcelona. El Raval, junto con la Vila de Gràcia y la Nova Esquerra de l’Eixample, fue uno de los barrios con más movimientos residenciales. El informe municipal sitúa la disponibilidad de vivienda, los precios y el marco jurídico entre los factores que condicionan las decisiones de cambio de domicilio. [6] El dato nos dice que el barrio se mueve, pero no por qué se mueve cada uno. El padrón registra el movimiento; no registra la renuncia.

Y aquí aparece una pregunta importante sobre Barcelona: ¿cuánta gente se marcha porque quiere marcharse y cuánta porque no puede quedarse? Cambiar de casa no siempre significa escoger otra casa. Habitar un barrio tampoco consiste simplemente en ocupar unos metros cuadrados. Es tener la escuela cerca, conocer el trayecto hasta el centro de salud, reconocer caras, acumular recuerdos en una plaza, construir relaciones que no aparecen en ningún contrato. Cuando alguien tiene que marcharse de un barrio puede perder algo más que una dirección: proximidad, tiempo, red, arraigo. Vida cotidiana.

Y aquí aparece una pregunta importante sobre Barcelona: ¿cuánta gente se marcha porque quiere marcharse y cuánta porque no puede quedarse?

Prácticamente la mitad

Entre las personas que viven en un alquiler a precio de mercado, la tasa convencional de pobreza era del 32,8% en 2025. Después de descontar el alquiler efectivamente pagado, aumentaba hasta el 49,9%. [1] Prácticamente la mitad. No hace falta añadir ningún adjetivo; la cifra ya hace suficiente trabajo.

Porque la vivienda no modifica únicamente las cuentas de una familia. Modifica las biografías. Decide cuándo puedes marcharte de casa de tus padres, si puedes vivir solo, tener hijos, separarte, continuar en el barrio donde has crecido o aceptar un trabajo que te interesa aunque pague menos.

En 2025, el 44,3% de las personas de entre 26 y 34 años seguía viviendo con alguno de sus progenitores. Entre estos jóvenes, el 34,6% señalaba que no podía permitirse alquilar una vivienda y otro 12,7% que no podía permitirse comprarla. [3] Quizá deberíamos tener cuidado, por tanto, con algunas palabras. Hablamos de «emancipación tardía» como si fuera un problema de madurez generacional, pero hay emancipaciones que no se aplazan: se compran. Y algunas cuestan cada vez más.

La misma Encuesta de Condiciones de Vida muestra que el 7,6% de las personas de 16 años o más había buscado vivienda sin llegar a cambiar de residencia. Entre ellas, el 67,2% señalaba el precio excesivo como el principal obstáculo. [3] Buscar, mirar portales, hacer números, volver a hacerlos y quedarse donde estabas. El mercado inmobiliario no distribuye únicamente metros cuadrados. Distribuye posibilidades.

La vida no funciona con umbrales

La pobreza no es un interruptor que se enciende cuando atraviesas un umbral estadístico. Hay quien llega al día 30 con veinte euros y quien llega al día 20 con la cuenta vacía. Hay quien aplaza las vacaciones y quien aplaza el dentista. Hay quien teme que se estropee la lavadora y quien sabe que, si se estropea, ese mes alguna otra cosa se quedará sin pagar.

Las estadísticas necesitan fronteras. La vida funciona con gradientes.

Cuando se incorporan los costes residenciales, no solo aparecen personas que antes quedaban fuera del umbral. Fedea constata también un efecto sobre la profundidad y la severidad de la pobreza: la vivienda no solo puede hacer que alguien cruce la línea, sino empeorar la situación de quien ya estaba por debajo. [1]

Y aquí medir deja de ser una cuestión puramente técnica. Medir es decidir qué importa. Aquello que medimos determina una parte de lo que vemos, y lo que vemos condiciona las políticas que consideramos necesarias. Dos personas con la misma nómina pueden tener vidas económicas radicalmente diferentes. Solo hay que preguntar quién tiene las llaves.

El precio de quedarse

En Cataluña, la tasa convencional de riesgo de pobreza era en 2025 del 14,3%, mientras que la tasa AROPE se situaba en el 21,3%. [2] Son indicadores diferentes de la medida ajustada por los costes residenciales de Fedea y no deben mezclarse. Precisamente por eso conviene preguntarnos: ¿qué queda fuera de la fotografía cuando medimos los ingresos pero no el precio necesario para seguir viviendo aquí?

Hablar de vivienda únicamente en términos de precios es quedarse a medio camino. El precio de la vivienda es también el precio de la libertad que queda después de pagarla: el ahorro que no existe, el trabajo que no puedes dejar, el hijo que no sabes si puedes tener, la habitación que falta, la separación que económicamente no puedes afrontar, el proyecto personal que tendrá que esperar o el vértigo ante un gasto inesperado.

Cuando una ciudad deja de ser asequible para una parte de la gente que trabaja en ella, estudia, cría a sus hijos, la limpia, la cuida o simplemente ha construido allí su vida, ya no tenemos únicamente un problema inmobiliario. Tenemos una pregunta sobre qué ciudad y qué vida estamos construyendo, y sobre quién podrá seguir viviendo en ella.

Durante décadas hemos preguntado a las personas cuánto ganaban para intentar saber cómo vivían. La pregunta sigue siendo necesaria, pero ahora sabemos que falta otra: ¿cuánto te queda? ¿Cuánto te queda después de pagar el alquiler, la hipoteca, la luz, el agua, el transporte? ¿Cuánto te queda después de pagar el precio de un espacio desde el que dormir, amar, criar, estudiar, trabajar o simplemente cerrar una puerta al final del día y poder decir: he llegado a casa?

Porque la pobreza no siempre entra por la puerta en forma de desempleo, exclusión o miseria visible. A veces llega puntualmente cada día 1. Tiene domiciliación bancaria. Y se llama alquiler.

Podemos aplazar unas vacaciones, no comprar un coche, cenar menos veces fuera, comprar pollo y no ternera, prescindir del aguacate, ir menos al teatro y conservar el mismo teléfono durante cinco años. Lo que no podemos aplazar es habitar.

Y aquí la vivienda deja de afectar únicamente al dinero. Afecta al tiempo, a la autonomía, a la posibilidad de marcharse y también a la posibilidad de quedarse. Quizá por eso la pregunta ya no debería ser únicamente cuánto cuesta la vivienda, sino ¿cuánta vida nos queda después de pagarla?

Una sociedad en la que tener un lugar en el mundo empieza a significar no poder pagar el resto del mundo tiene algo más profundo que un problema de vivienda. Tiene un problema con el sistema y con la vida que está haciendo posible.

Fuentes y referencias

[1] FEDEA — José Ignacio Conde-Ruiz y Álvaro Pinto. El Coste de la Vivienda y la Pobreza Oculta en España: 2014-2025. Fundación de Estudios de Economía Aplicada, septiembre de 2026. Estudio elaborado a partir de los microdatos de la Encuesta de Condiciones de Vida 2014-2025.

[2] Instituto Nacional de Estadística (INE). Encuesta de Condiciones de Vida (ECV). Año 2025. Resultados definitivos. Datos sobre riesgo de pobreza, tasa AROPE, renta media y resultados territoriales de Cataluña.

[3] Instituto Nacional de Estadística (INE). Encuesta de Condiciones de Vida 2025. Módulo sobre vivienda. Datos sobre convivencia con los progenitores, emancipación y búsqueda de vivienda.

[4] Consejo General del Poder Judicial (CGPJ). Efecto de la crisis en los órganos judiciales. Primer trimestre de 2025. Datos sobre lanzamientos judiciales en Cataluña.

[5] Consejo General del Poder Judicial (CGPJ). Efecto de la crisis en los órganos judiciales. Segundo trimestre de 2025. Datos sobre lanzamientos judiciales en Cataluña.

[6] Ajuntament de Barcelona — Oficina Municipal de Dades. La població de Barcelona. Moviments de població 2025. Datos sobre cambios de domicilio en Barcelona y movimientos residenciales por barrios.

alquiler pobreza
Pere Ortin
Pere Ortin

#PeriodismeDaDá Director del Catalunya Plural, és un periodista que hackeja el periodisme. Fa escriptura visual i assaig collage, «orgullosament fet a mà», a la recerca de la bellesa amagada darere de tot signe de ?. Ha estat guionista, presentador i reporter de TV; ha escrit en diaris i dirigit revistes; ha publicat còmics i llibres d’assaig; ha creat documentals i produït projectes transmedia.

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